No sé si
realmente este dicho tiene origen militar, pero lo he escuchado en más de una oportunidad,
con alguna que otra variación. En
muchos casos es una gran verdad, sobre todo si la palabra retirada la sustituimos
por un término más “civil”, como puede ser retiro o jubilación.
Podemos
aplicar la frase al caso de una actriz que no se supo ir de los escenarios en su momento y arrastró su decrepitud de
manera patética, fingiendo una juventud que perdió muchos años atrás, o bien al de un boxeador que no supo ver su
declive y quedó más sonado de lo que debiera. No menos ajustada resulta esta
expresión a la política, como en el caso de esa desgracia de matrícula ZP o,
recientemente, el de Silvio Berlusconi, que ha acabado convertido en un
grotesco personaje.
En este
último caso, el de la política, el daño no sólo es para el titular del cargo,
sino que puede extenderse a toda una nación, con lo que muchas veces el mejor
sacrificio patriótico que puede hacer el mandatario es hacer mutis por el foro. Bien es cierto que el sistema
democrático tiene la ventaja de posibilitar la sustitución de las personas que
ocupan altos puestos. No se trata de que el motivo del relevo sea la ancianidad y la falta de vigor físico,
sino que este tipo de decadencia tiene peores motivos: prepotencia, alejamiento de la
realidad, aislamiento en la burbuja del poder, pérdida de la confianza del
pueblo…
Si los
cargos electos son susceptibles de renovación, ¿qué ocurre con los cargos no electos? A eso vamos.
Estos
días la prensa habla de manera intensa de la presunta implicación del duque de Palma, yerno del
Rey, en actividades irregulares que podrían haberle reportado magros
beneficios. Naturalmente, es inocente hasta que un juez demuestre lo contrario:
estamos en un Estado de Derecho (yo añadiría también la palabra
“presuntamente”, pero ese es otro tema).
La verdad
que un hecho así no es bueno para la imagen de la Corona, que ha suspendido por
primera vez en la valoración que de ella hacen los españoles, según el CIS. Y
lo peor, no es el primero: la separación de la Infanta Elena (con el ridículo
término de "cese temporal de la convivencia"), las peligrosas amistades de Su
Majestad con la monarquía saudí (que rige una teocracia islámica alejada
totalmente de la democracia) o con los famosos “Albertos”, que se fueron de
rositas por una oportuna prescripción del delito por el que se les juzgaba, o
el dejar hacer ante las negociaciones con ETA o el avance de los nacionalistas
en general, y catalanes en particular, en su ruptura con el Estado. Podemos
añadir más de una salida de tono de D. Juan Carlos, desde la riña a los
periodistas por quererle, según él, plantarle un “pino en la tripa” o la
última, estar de baja para actos oficiales pero irse a ver el último Gran
Premio de Fórmula 1. Dejamos aparte caídas y golpes con puertas, lo que nos puede pasar a cualquiera.
Esos son
relativamente recientes. Si retrocedemos décadas podemos buscar otros puntos
negros (designación por Franco, vergonzoso abandono del Sáhara, sospechas sobre
el 23-F, rumores de líos de faldas…), pero que el buen papel ejercido durante
la Transición y después de ella hasta hace poco han hecho caer en el olvido. Y
precisamente, ese es el problema, que hechos recientes malogren ese buen
trabajo y el respeto que por ello se ha ganado.
Ahora hay
mucho nostálgico de esa idealizada Segunda República afilando sus particulares
guillotinas, aunque son muchos más los
que sabemos que aquello fue un desastre que dio lugar a nuestra mayor tragedia
desde la invasión napoleónica.
Aunque mis
ideas democráticas y sobre la igualdad y libertad de los ciudadanos me hagan ser
más partidario de un sistema republicano (eso sí, al estilo norteamericano o
mejor francés, no con presidentes decorativos a la alemana o a la italiana), me
parece una mala solución cambiar nuestra actual monarquía por una república que
demasiados quieren volver a pintar de tricolor.
Entonces,
se trata de que la institución de la Corona no vea mermado su prestigio ni su
papel. Nos podía haber ido mejor, pero también podríamos haber caído en el
enfrentamiento cainita y el subdesarrollo una vez más. Por eso, me atrevo a
opinar que no estaría mal que aprovechando la mayoría
absoluta en el parlamento que tiene el nuevo Gobierno, y una vez transcurrida la mitad de la
legislatura, con calma, pero sin pausa, el Rey tome su merecido descanso y dé
paso al Príncipe de Asturias.
Próximo a
los 44 años, D. Felipe tiene edad de adquirir esa responsabilidad (y muchas
más), y dicen que está preparado para ello. Según mi ocurrencia, de llevarse a
cabo, el nuevo rey lo sería con la cincuentena a la vuelta de la esquina, que
ya no es para seguir de aspirante, como Carlos de Inglaterra. Mejor hacer el
relevo cuanto antes, por si vienen más presuntas irregularidades, divorcios o
lleguen a la peligrosa adolescencia los primos de la infanta Leonor, época en
la que no es imposible que puedan darse meteduras de pata de cierta entidad.
Se acerca
un buen momento para el cambio de rey, que ayudaría en esta época de reformas
que sin duda tendrá que comenzar ya, con un Juan Carlos con su prestigio en su
mayor parte indemne, un Felipe relativamente joven y con el aprecio popular y,
por qué no decirlo, con un necesario alejamiento de la primera línea de
atención del resto de la Familia Real, que si bien no tienen ningún papel
constitucional, pueden estorbar más que ayudar a medida que pasen los años.
