martes, 27 de marzo de 2012

Errores del PP






Ya sé que a estas alturas más de uno (o de un millón) está harto de elecciones andaluzas y asturianas, pero también servidor de ustedes quiere meter la cuchara en este plato. ¿Qué le vamos a hacer?

El PP ha hecho el rídiculo en Andalucía, se pongan como se pongan de triunfales en su sede de la calle Génova de Madrid. Y esto, me perdonen la vanidad, no me sorprende, ya que en uno de mis primeros post me puse en plan aguafiestas con la victoria de Rajoy en las  elecciones generales (http://unarcoagrietado.blogspot.com.es/2011/11/una-goleada-triunfo-total.html), y lo que dije entonces, lo mantengo hoy.


Si se critica esa llamada superioridad moral de la izquierda, por la que cualquiera que muestre ideas progres se cree mejor que alguien conservador, no es menos cierto que los políticos del PP tienen la fea costumbre de creerse con tanta razón en sus planteamientos que no se molestan en explicarlos, y luego les pasa lo que les pasa. Sin ir más lejos, en Andalucía. O en Asturias, donde la prepotencia les ha dividido.


Dice el refrán que "tan bueno es mi Juan, que no vale pa ná", y eso es lo que les ocurre los peperos. No cabe duda de que el nivel de preparación de los políticos del actual Gobierno no  puede compararse con el anterior del PSOE, donde gente con apenas el bachillerato era ministro o, por medio de la varita mágica de la paridad, analfabetas funcionales alcanzaban esa dignidad indignamente. Desde luego el equipo de Mariano no tiene el nivel de sectarismo y revanchismo de ZP y compañía, pero una cosa es esto y otra meter a enemigos declarados en el Gobierno. Y no digamos nada de ese pacto en las Vascongadas que consiste en estar calladitos mientras les llueven palos e insultos del gobierno que apoyan con su silencio sumiso.


Mientras que el PSOE cuando entra a mandar en algún sitio cambia hasta los bedeles si ello le favorece, el PP, queriendo demostrar que son mejores moralmente (y lo son, aunque eso no requiere gran esfuerzo) mantienen en puestos a gente de la oposición. Escandaloso es el caso de RTVE, donde sigue el aparato de propaganda socialista a pleno rendimiento,  o el nombramiento de una enemiga declarada (con insultos públicos que están grabados) para dirigir la investigación científica de este país. Vamos, que ellos se creen que a buenos no les gana nadie, pero a lo que no les gana nadie es a ingenuos (por no usar la palabra tontos).


Y como son tan buenos, tan preparados y tan magníficos gestores (y puede que hasta lo sean) creen que no necesitan explicar lo que hacen. Y como la izquierda que tenemos les bombardea con mentiras (que lo hace), se creen que es mejor aplicar aquello de que "no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio", que ellos llaman perfil bajo, manejo de los tiempos, manejo de los silencios...vamos, que no hacen nada porque piensan que no les hace falta.


Pues se han equivocado. Y se siguen equivocando. Porque al final, esa actitud la acaba viendo el común de los mortales como lo que es: arrogancia y cobardía, que manifiestan en demasiadas ocasiones, salvo contadas y honrosas excepciones.


Arrogancia cuando dan por ganadas elecciones y no pelean el voto pueblo a pueblo, mitin tras mitin; arrogancia cuando también ellos empiezan a colocar a parientes en fundaciones, grandes empresas u órganos oficiales dando por hecho que todos entenderemos que no es nepotismo, sino mérito de sus familiares; arrogancia cuando no atajan con dureza sus propios casos de corrupción por ser menos numerosos que los de los socialistas, ignorando que son igual de dañinos; arrogancia cuando en vez de dar ruedas de prensa, se recitan las disposiciones del Consejo de Ministros como los temas estudiados por una empollona que sabe que aprobará la oposición, en lugar de explicarlos a los que no somos tan listos como para ser abogados del Estado; arrogancia al ignorar que trabajar bien en política también significa saber vender el producto; en definitiva, arrogancia por creerse tan buenos y tan capaces (y es muy posible que lo sean) que piensen que todo el mundo va a apreciar su trabajo sin más.


Y cobardía. Cobardía cuando no son capaces de definirse como de derechas o conservadores (como si eso fuera peor que ser de izquierdas), sino como de centro, o de centro-reformista, e incluso progresistas (dando por hecho que es un adjetivo positivo); cobardía cuando no defienden su españolidad frente a los nacionalistas y se mimetizan con ellos (basta ver Valencia o Galicia, donde mandan y siguen casi la misma política lingüística que CiU);  cobardía repugnante en su cada vez mayor tibieza frente a ETA; cobardía cuando no se atreven a quitar subvenciones a partidos y sindicatos a cambio de subir impuestos "a los más ricos" (o sea, a la clase media, al más puro estilo sociata); cobardía al prometer el mismo maná en Andalucía que el PSOE; cobardía para asumir con claridad unas ideas que enfrentar a las trasnochadas de la izquierda española actual; en resumen, cobardía manifiesta cuando se intentan hacer perdonar el no ser de izquierdas.


Y esa arrogancia y cobardía llevan a pensar que  el PP parece no tener claro qué quiere hacer o si quiere hacer algo. Y eso, en unas elecciones significa la derrota. Porque la izquierda y los separatistas sí que tienen muy claro lo que quieren hacer. Otra cosa es que eso sea bueno para este país llamado España y al que puede que le quede menos de una generación de existencia si no hay un partido y un líder que quiera con convicción que permanezca en el futuro como una nación unida, libre, democrática y próspera. 



martes, 13 de marzo de 2012

"Deseducando"




Viendo la prensa, uno se da cuenta de qué sociedad más enferma estamos creando: corrupción política, nacionalismos totalitarios, apatía ciudadana que se contrapone con brotes de violencia callejera, telebasura, etc. etc. Pero si hay algo  preocupante es que hemos perdido totalmente el norte a la hora de educar a nuestros hijos, sea en casa, en la escuela o en la sociedad.

El filósofo José Antonio Marina (del que me declaro seguidor y lector), tanto en sus libros sobre educación como en su web (http://www.universidaddepadres.es/) reproduce una frase de la que he oído que es un proverbio africano: "Para educar a un niño, hace falta la tribu entera". No hay mayor verdad, pues todos somos responsables de la educación de los más pequeños. Sin embargo, nuestra tribu está muy enferma, como he dicho al principio.

No voy a entrar a criticar el pésimo sistema educativo español (me permito recomendarles otro autor, Javier Orrico, y su libro "La enseñanza destruida" ), ni el sistema nacionalista, o mejor, nazionalista, de ahogar la lengua española bajo la denominada "inmersión lingüística" en varias regiones, o el bodrio adoctrinador que es esa asignatura de educación para la ciudadanía...Hay centenares de artículos, libros, páginas web y blogs dedicadas a ello. Sólo les voy a reseñar dos noticias.

La primera es de hoy mismo. Resulta que ha desaparecido una niña de dieciséis años de un centro de "protección" de menores de la Junta de Andalucía. Estaba allí porque el padre, al encontrar marihuana entre sus pertenencias, decidió castigar a la chica (con un largo historial de conflictividad) sin salir de casa. Y en esta España tan indecentemente estúpida que hemos creado, la cosa acabó con el padre acusado poco menos que de secuestro, y suerte que tiene de estar en libertad con cargos, tras pasar un par de días en los calabozos. De la menor...nada se sabe, gracias a sus chapuceros protectores.

La segunda noticia procede de la no menos estúpida Gran Bretaña, que a todo hay a quien le gane a uno. Un niño de siete años (sólo siete, tomen nota), le dice a otro niño, negro (sí negro, y no pasa nada, otros somos blancos) "¿Eres de color porque vienes de África?", cosa que escuchó una neoinquisidora de la santa hermandad de lo políticamente correcto, en funciones de profesora, que fiel a su doctrina progre fue rápidamente a denunciar los hechos ante la dirección del centro, que llamó urgentemente a la madre del chaval (de siete años, insisto) para informarle de que había participado en un incidente racista. Y no sólo eso, querían obligar a la madre que  firmara un documento reconociendo que el niño era un racista. Ni tan siquiera la defensa de la madre del niño de color, que negaba que si hijo se hubiera sentido ofendido en ningún momento, sirvió para nada ante la dirección del centro, que seguía con su política de tolerancia cero contra los racistas. Naturalmente, la madre del niño blanco (sí, blanco, no pasa nada) quiere cambiarlo de colegio.

Estos son sólo dos ejemplos de cómo la dictadura de lo políticamente correcto está pudriendo a la sociedad occidental, antaño vanguardia de libertades y derechos, tras haber pasado sus siglos de oscuridad e intolerancia...hasta volver a entrar en otro siniestro ciclo, si no le ponemos remedio. O nos pasamos marcando a un niño de por vida, simplemente por ser un niño, por tener curiosidad, o no llegamos, impidiendo castigo alguno a los jóvenes que se portan mal, llegando incluso a tratar con una babosa exquisitez a asesinos y violadores menores de dieciocho años gracias a esa Ley del Menor de la que se tendrían que avergonzar los políticos que la malparieron.

Y ni tanto ni tan calvo, como diría el castizo. Los niños, por ser niños, hacen travesuras, nos ponen en compromiso con preguntas impertinentes, pueden ser inquietos y molestos, rompen cosas...es decir están creciendo y aprendiendo a vivir en el mundo. Y por eso, hay que intentar entenderlos y dedicarnos a ellos. Y por eso, hay que corregirlos, hay que castigarlos cuando así sea necesario. Y sí, a veces es necesario castigarlos, de manera ponderada y de manera inmediata. Es difícil hacerle entender a un niño de tres o cuatro años que la electricidad produce daños o la muerte (y más difícil enseñarle qué es la electricidad y qué es la muerte) y un manotazo antes de que meta los dedos en un enchufe puede ser eficaz tanto para instruirle como para salvarle la vida. 

No es ninguna tortura china ni tormento inquisitorial un tortazo a tiempo, un castigo sin postre o sin ver la televisión, o quitarle la paga o los videojuegos a un adolescente. No se trata de dar palizas, ni de dañar ni de humillar a nadie. Sólo de educar, con premios y castigos, a nuestros hijos. De hacerles personas responsables, libres dentro de la responsabilidad, de que no hagan daño a otros ni a sí mismos. 

Pertenezco a una generación en que el guantazo, el capón y la colleja eran también medios de educarnos en casa y en la escuela, donde un maestro le podía dar un tirón de orejas a uno o hacerle poner de rodillas contra la pared. Y no pasaba nada, era lo normal, y mucha gente gracias a eso consiguió ser una persona cabal, decente, responsable y libre. No pasaba nada hasta que llegaron unos pedabobos que cuestionaban no sólo esos métodos, sino que se aprendieran las lecciones de memoria, o que se estudiara en casa para reforzar lo aprendido; hasta que alguien confundió educar en democracia con que en clase se hacía lo que dijera la mayoría de alumnos o de padres; hasta que cambió la figura del maestro por la del trabajador docente; hasta que D. Francisco, que era tratado de usted, cuyos alumnos se ponían en pie cuando entraba en el aula y era respetado por padres y sociedad en general, se convirtió en Paco, al que los chavales tutean y del que se chotean, al que los padres pueden insultar o agredir, y la sociedad desprecia con esa palabra convertida hoy en insulto: funcionario.

Y ahora, tenemos lo que merecemos, por nuestra propia estupidez. Y en el pecado, llevamos la penitencia.

lunes, 5 de marzo de 2012

En la empresa privada también cuecen habas





Ahora con la crisis, ponemos a políticos y Administración Pública en general como ejemplos de incompetencia y derroche, en muchos casos con razón, para nuestra desgracia. Pero no son los únicos culpables de la actual situación, aunque son los que mejor nos vienen como cabeza de turco.

Pero en el mundo de la empresa privada, donde habitan esos santos modernos llamados emprendedores, no son todos tan puros y tan castos como nos quieren vender. Uno les puede contar muchos detalles de su mal hacer, padecidos en carne propia o en la de amigos y familiares, pues no en vano me he tenido que ganar la vida trabajando a sueldo de otros que no siempre han sido ejemplares creadores de riqueza.

Uno ha visto cómo directivos, aún de cuarta fila, se han aprovechado bien de los gastos de empresa para comer en restaurantes de lujo con cualquier excusa, dormir en hoteles de cuatro y cinco estrellas (en los de tres alguno decía que no podía conciliar el sueño, y se quedaba tan ancho), usar la visa con profusión hasta para comprar ropa, portar móviles de última generación, sobre todo en la época en que todavía no se habían popularizado y sus llamadas costaban un potosí, y desde luego, viajar siempre en primera clase. Todo ello cuando los curritos teníamos que justificar hasta el último céntimo del coste del menú del día (del que en contabilidad excluían el café si se te ocurría incluirlo, con bronca añadida) o la rotura de alguna prenda de trabajo que pudiera proporcionarte la firma para la que trabajabas.

Desde luego que a la hora de ajustar gastos, era la gente más joven y, a la vez, más preparada, con estudios universitarios, la primera en ser despedida, mientras que auténticos inútiles en puestos de mando, que a duras penas llegaban a tener el bachillerato, seguían cobrando unas nóminas que uno ni soñaba. La razón era sencilla: la indemnización que había que pagar a algunos de estos pájaros que tiranizaban a los demás sin tener ni idea del trabajo eran varios años del sueldo de uno de esos jóvenes con contrato temporal.

A esto podemos añadir las actitudes despóticas de algunos jefes, los excesivos horarios, incluso con convocatorias de reuniones a las nueve o diez de la noche para tratar cualquier nimiedad, sueldos bajos, nepotismo (siempre hay un sobrino o un cuñado al que ascender, sin tener que dar cuentas por ello), y demás malas acciones que, a la larga, han hecho hundirse a más de una empresa.

Muchos dirán que no es lo mismo, que en la Administración se usa el dinero de todos y en la empresa es el dueño el que arriesga su capital. Pero no es del todo cierto, un mal empresario juega con el futuro de muchas familias: las de sus empleados, proveedores e incluso clientes. Tienen también una responsabilidad ante la sociedad.

Ahora se quiere convertir en héroe al autónomo o al emprendedor (como se llama ahora al empresario, palabra que parece que no es políticamente correcta) y en villano al funcionario, al político o simplemente al asalariado. Y en todos los sitios cuecen habas, hay buenos y malos profesionales, buena gente y gentuza, y si bien es cierto que crear una empresa, más en España que en ningún sitio, puede constituir un acto de valor que requiere admirable esfuerzo, no por ello es menos válida la gente que ofrece lo mejor de sí a cambio de un sueldo, se pague éste con dinero público o privado.