martes, 13 de diciembre de 2011

No éramos ricos

Algunos lo sabíamos. Éramos a los que nos miraban como bichos raros en septiembre cuando decíamos en el trabajo que no habíamos ido de vacaciones a ningún hotel de muchas estrellas o playa paradisíaca o cuando comentábamos que usábamos los puentes para hacer limpieza a fondo en casa. Tan raros que teníamos un utilitario y no un monovolumen o una berlina o un todoterreno que no salía de la ciudad, porque el coche lo considerábamos una herramienta y no un objeto de exhibición.

No éramos ricos. Algunos lo sabíamos porque lo vivíamos en casa desde pequeños: esos padres que no tenían vacaciones aunque no tuviéramos colegio, que guardaban para cuando flojeaba el trabajo, que gastaban lo justo y necesario, que consideraban que lo importante era tener buena comida en casa, ropa duradera y que no nos faltara un libro para la escuela, en vez de exhibir vestuario de marca, ir a la moda o, simplemente, darse demasiados caprichos. Lo de comer en un restaurante era algo sólo para bodas, bautizos y comuniones de la familia. Y eso era lo normal y no era motivo de infelicidad ni de traumas. 

Pero desde hace diez años, o más, se pensaba que no era así. Que cualquier empleado, que cualquier asalariado, no era menos que nadie a la hora de gastar, que todos teníamos derecho a la buena vida, por supuesto. Y no digamos si en el matrimonio (o como se dice ahora, la pareja) trabajaban los dos. La unión de dos sueldos mileuristas parecía que lo posibilitaba todo: el piso en buena zona (nada de barrios obreros, por supuesto), ir de vez en cuando a un restaurante donde el menú costaba el sueldo de varios días de trabajo, hacer un viajecito a Nueva York, ropa de marca, tener ese coche de alta gama...con esos maravillosos préstamos que se concedían sólo llevando la nómina al banco.

Y resulta que no, que no se podía tener eso, que éramos asalariados, gente "trabajadora". Que en vez de buscarnos la vida u otro trabajo para completar ingresos, si queríamos tener un nivel más alto, pasábamos el tiempo en clases de danza del vientre o de cata de vinos...porque todos nos hicimos gourmets. Y ha llegado la cruda realidad: Hay que devolver los préstamos, y ahora nos vemos "pillados". 

Nunca fuimos ricos; los hoteles, restaurantes caros, los campos de golf no estaban a nuestro alcance, pese a utilizarlos. Nos podíamos pagar un apartamento en la playa, pero no nos lo podíamos permitir.

La crisis también ha servido para ponernos frente al espejo: no somos ricos, que los que dependemos de un sueldo estamos sometidos a la posibilidad de verlo reducido y hasta de perderlo. Que no hay nada seguro ni eterno. Que por eso hay que ser prudente, guardar para tiempos peores; es muy bonito lo de carpe diem, pero vivir al día no lo es tanto. Sí, hay que vivir y disfrutar de la vida, ser felices, pero eso no puede suponer que lo ganado en meses de trabajo se evapore en minutos o en pocos días de manera frívola. Y no, definitivamente no podemos gastar más de lo que ganamos...y mira que lo repiten por todas partes...pero no nos lo queremos creer.

Esa es la realidad, eso es lo duro, que somos "curritos" y que ciertas cosas están fuera de nuestro alcance, que el tenerlo todo no es un derecho. Hoy, tener un trabajo para subsistir dignamente es una suerte. 

No se trata de fatalismo ni de renunciar a todos nuestros deseos. Simplemente, es saber hasta dónde puede llegar cada uno, qué es necesario y qué superfluo, y sí, podemos (y debemos) aspirar a mejorar nuestra vida, pero teniendo en cuenta que para ello hay que trabajar muy duro. Porque no nos regalan nada.