Una de las noticias del año (la Noticia para los "geeks") ha sido la muerte del fundador (junto con Steve Wozniak) de Apple, Steve Jobs. A estas alturas se ha dicho todo o casi todo de él, incluso biografías ya publicadas y convertidas en éxito de ventas. Sobre todo, se ha recordado su discurso en la Universidad de Yale.
De ese discurso hubo un detalle que me llamó la atención: que hubiera estudiado caligrafía. Eso ha hecho que podamos escribir en todos nuestros ordenadores con tipos de letra más o menos agradables, y no tan "robóticos" como parecía que iban a ser. Y eso me ha recordado algo que me sucedió a mí.
Con 14 años aprendí mecanografía; había un montón de máquinas de escribir dignas de un museo, aunque mis favoritas eran las Underwood. Pues bien, este conocimiento me ha servido para varias cosas: tener unos apuntes dignos en algunas asignaturas, hacer mi servicio militar en oficinas y al lado de casa y, sobre todo, y es a lo que voy, me ayudó a introducirme en la informática.
Sí, gracias a la facilidad de teclear, mayor en un ordenador que en una máquina de escribir tradicional (donde los dedos, durante el aprendizaje, llegan a doler bastante), no me dio pereza enredar con esas máquinas que en los noventa se popularizaron y que ahora lo dominan todo: los dichosos ordenadores.
De la máquina de escribir pasé al ordenador, y poco a poco, por mi cuenta, fui aprendiendo su manejo, hasta llegar a internet; me inicié en la red en 1996, año en que me compré mi primer PC (Un pentium a 133 mHz y con un giga de capacidad de almacenamiento...toda una maravilla, ahora guardada en mi trastero). Entonces había una cosa llamada Infovía, una especie de internet para andar por casa en España. Ahora estoy tecleando esto en un notebook con una acceso móvil prepago. ¿Hubiera sido lo mismo si no hubiera aprendido mecanografía? Seguro que no.
Eso me lleva a recordar que, cuando éramos estudiantes, en demasiadas ocasiones nos preguntábamos para qué valía lo que estábamos aprendiendo (p.ej. latín, filosofía, literatura, dibujo...). Pensábamos que sólo había unas pocas asignaturas útiles en la vida, cosa que se agravaba al llegar a la universidad. Y esto sigue ocurriendo hoy.
Años después pienso que esos saberes, en general relacionados con las humanidades, que calificamos de inútiles o poco prácticos no lo son realmente. Quizá nos sirven en la vida lo mismo que hacer pesas le sirve a un futbolista, natación a un tenista o correr a un boxeador: entrenarnos y tener más recursos a la hora de enfrentarnos con la realidad diaria, incluso en la vida profesional.Es conocido el caso de cirujanos que para mejorar su destreza manual a la hora de operar, se han convertido en virtuosos violinistas o pianistas.
Por eso creo ya, bien pasados los cuarenta, que esos conocimientos "inútiles", y en especial, las humanidades (desde la literatura hasta la filosofía, desde conocer latín hasta historia) son los que nos hacen ser mejores personas y con mejores destrezas "técnicas". Hace 3o años, nadie suponíamos que la caligrafía o la mecanografía iban a confluir en unas cosas llamadas ordenadores, que íbamos a tener en nuestras casas y que nos iban a permitir conectarnos con todo el planeta.



