Ya sé que a estas alturas más de uno (o de un millón) está harto de elecciones andaluzas y asturianas, pero también servidor de ustedes quiere meter la cuchara en este plato. ¿Qué le vamos a hacer?
El PP ha hecho el rídiculo en Andalucía, se pongan como se pongan de triunfales en su sede de la calle Génova de Madrid. Y esto, me perdonen la vanidad, no me sorprende, ya que en uno de mis primeros post me puse en plan aguafiestas con la victoria de Rajoy en las elecciones generales (http://unarcoagrietado.blogspot.com.es/2011/11/una-goleada-triunfo-total.html), y lo que dije entonces, lo mantengo hoy.
Si se critica esa llamada superioridad moral de la izquierda, por la que cualquiera que muestre ideas progres se cree mejor que alguien conservador, no es menos cierto que los políticos del PP tienen la fea costumbre de creerse con tanta razón en sus planteamientos que no se molestan en explicarlos, y luego les pasa lo que les pasa. Sin ir más lejos, en Andalucía. O en Asturias, donde la prepotencia les ha dividido.
Dice el refrán que "tan bueno es mi Juan, que no vale pa ná", y eso es lo que les ocurre los peperos. No cabe duda de que el nivel de preparación de los políticos del actual Gobierno no puede compararse con el anterior del PSOE, donde gente con apenas el bachillerato era ministro o, por medio de la varita mágica de la paridad, analfabetas funcionales alcanzaban esa dignidad indignamente. Desde luego el equipo de Mariano no tiene el nivel de sectarismo y revanchismo de ZP y compañía, pero una cosa es esto y otra meter a enemigos declarados en el Gobierno. Y no digamos nada de ese pacto en las Vascongadas que consiste en estar calladitos mientras les llueven palos e insultos del gobierno que apoyan con su silencio sumiso.
Mientras que el PSOE cuando entra a mandar en algún sitio cambia hasta los bedeles si ello le favorece, el PP, queriendo demostrar que son mejores moralmente (y lo son, aunque eso no requiere gran esfuerzo) mantienen en puestos a gente de la oposición. Escandaloso es el caso de RTVE, donde sigue el aparato de propaganda socialista a pleno rendimiento, o el nombramiento de una enemiga declarada (con insultos públicos que están grabados) para dirigir la investigación científica de este país. Vamos, que ellos se creen que a buenos no les gana nadie, pero a lo que no les gana nadie es a ingenuos (por no usar la palabra tontos).
Y como son tan buenos, tan preparados y tan magníficos gestores (y puede que hasta lo sean) creen que no necesitan explicar lo que hacen. Y como la izquierda que tenemos les bombardea con mentiras (que lo hace), se creen que es mejor aplicar aquello de que "no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio", que ellos llaman perfil bajo, manejo de los tiempos, manejo de los silencios...vamos, que no hacen nada porque piensan que no les hace falta.
Pues se han equivocado. Y se siguen equivocando. Porque al final, esa actitud la acaba viendo el común de los mortales como lo que es: arrogancia y cobardía, que manifiestan en demasiadas ocasiones, salvo contadas y honrosas excepciones.
Arrogancia cuando dan por ganadas elecciones y no pelean el voto pueblo a pueblo, mitin tras mitin; arrogancia cuando también ellos empiezan a colocar a parientes en fundaciones, grandes empresas u órganos oficiales dando por hecho que todos entenderemos que no es nepotismo, sino mérito de sus familiares; arrogancia cuando no atajan con dureza sus propios casos de corrupción por ser menos numerosos que los de los socialistas, ignorando que son igual de dañinos; arrogancia cuando en vez de dar ruedas de prensa, se recitan las disposiciones del Consejo de Ministros como los temas estudiados por una empollona que sabe que aprobará la oposición, en lugar de explicarlos a los que no somos tan listos como para ser abogados del Estado; arrogancia al ignorar que trabajar bien en política también significa saber vender el producto; en definitiva, arrogancia por creerse tan buenos y tan capaces (y es muy posible que lo sean) que piensen que todo el mundo va a apreciar su trabajo sin más.
Y cobardía. Cobardía cuando no son capaces de definirse como de derechas o conservadores (como si eso fuera peor que ser de izquierdas), sino como de centro, o de centro-reformista, e incluso progresistas (dando por hecho que es un adjetivo positivo); cobardía cuando no defienden su españolidad frente a los nacionalistas y se mimetizan con ellos (basta ver Valencia o Galicia, donde mandan y siguen casi la misma política lingüística que CiU); cobardía repugnante en su cada vez mayor tibieza frente a ETA; cobardía cuando no se atreven a quitar subvenciones a partidos y sindicatos a cambio de subir impuestos "a los más ricos" (o sea, a la clase media, al más puro estilo sociata); cobardía al prometer el mismo maná en Andalucía que el PSOE; cobardía para asumir con claridad unas ideas que enfrentar a las trasnochadas de la izquierda española actual; en resumen, cobardía manifiesta cuando se intentan hacer perdonar el no ser de izquierdas.
Y esa arrogancia y cobardía llevan a pensar que el PP parece no tener claro qué quiere hacer o si quiere hacer algo. Y eso, en unas elecciones significa la derrota. Porque la izquierda y los separatistas sí que tienen muy claro lo que quieren hacer. Otra cosa es que eso sea bueno para este país llamado España y al que puede que le quede menos de una generación de existencia si no hay un partido y un líder que quiera con convicción que permanezca en el futuro como una nación unida, libre, democrática y próspera.
Si se critica esa llamada superioridad moral de la izquierda, por la que cualquiera que muestre ideas progres se cree mejor que alguien conservador, no es menos cierto que los políticos del PP tienen la fea costumbre de creerse con tanta razón en sus planteamientos que no se molestan en explicarlos, y luego les pasa lo que les pasa. Sin ir más lejos, en Andalucía. O en Asturias, donde la prepotencia les ha dividido.
Dice el refrán que "tan bueno es mi Juan, que no vale pa ná", y eso es lo que les ocurre los peperos. No cabe duda de que el nivel de preparación de los políticos del actual Gobierno no puede compararse con el anterior del PSOE, donde gente con apenas el bachillerato era ministro o, por medio de la varita mágica de la paridad, analfabetas funcionales alcanzaban esa dignidad indignamente. Desde luego el equipo de Mariano no tiene el nivel de sectarismo y revanchismo de ZP y compañía, pero una cosa es esto y otra meter a enemigos declarados en el Gobierno. Y no digamos nada de ese pacto en las Vascongadas que consiste en estar calladitos mientras les llueven palos e insultos del gobierno que apoyan con su silencio sumiso.
Mientras que el PSOE cuando entra a mandar en algún sitio cambia hasta los bedeles si ello le favorece, el PP, queriendo demostrar que son mejores moralmente (y lo son, aunque eso no requiere gran esfuerzo) mantienen en puestos a gente de la oposición. Escandaloso es el caso de RTVE, donde sigue el aparato de propaganda socialista a pleno rendimiento, o el nombramiento de una enemiga declarada (con insultos públicos que están grabados) para dirigir la investigación científica de este país. Vamos, que ellos se creen que a buenos no les gana nadie, pero a lo que no les gana nadie es a ingenuos (por no usar la palabra tontos).
Y como son tan buenos, tan preparados y tan magníficos gestores (y puede que hasta lo sean) creen que no necesitan explicar lo que hacen. Y como la izquierda que tenemos les bombardea con mentiras (que lo hace), se creen que es mejor aplicar aquello de que "no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio", que ellos llaman perfil bajo, manejo de los tiempos, manejo de los silencios...vamos, que no hacen nada porque piensan que no les hace falta.
Pues se han equivocado. Y se siguen equivocando. Porque al final, esa actitud la acaba viendo el común de los mortales como lo que es: arrogancia y cobardía, que manifiestan en demasiadas ocasiones, salvo contadas y honrosas excepciones.
Arrogancia cuando dan por ganadas elecciones y no pelean el voto pueblo a pueblo, mitin tras mitin; arrogancia cuando también ellos empiezan a colocar a parientes en fundaciones, grandes empresas u órganos oficiales dando por hecho que todos entenderemos que no es nepotismo, sino mérito de sus familiares; arrogancia cuando no atajan con dureza sus propios casos de corrupción por ser menos numerosos que los de los socialistas, ignorando que son igual de dañinos; arrogancia cuando en vez de dar ruedas de prensa, se recitan las disposiciones del Consejo de Ministros como los temas estudiados por una empollona que sabe que aprobará la oposición, en lugar de explicarlos a los que no somos tan listos como para ser abogados del Estado; arrogancia al ignorar que trabajar bien en política también significa saber vender el producto; en definitiva, arrogancia por creerse tan buenos y tan capaces (y es muy posible que lo sean) que piensen que todo el mundo va a apreciar su trabajo sin más.
Y cobardía. Cobardía cuando no son capaces de definirse como de derechas o conservadores (como si eso fuera peor que ser de izquierdas), sino como de centro, o de centro-reformista, e incluso progresistas (dando por hecho que es un adjetivo positivo); cobardía cuando no defienden su españolidad frente a los nacionalistas y se mimetizan con ellos (basta ver Valencia o Galicia, donde mandan y siguen casi la misma política lingüística que CiU); cobardía repugnante en su cada vez mayor tibieza frente a ETA; cobardía cuando no se atreven a quitar subvenciones a partidos y sindicatos a cambio de subir impuestos "a los más ricos" (o sea, a la clase media, al más puro estilo sociata); cobardía al prometer el mismo maná en Andalucía que el PSOE; cobardía para asumir con claridad unas ideas que enfrentar a las trasnochadas de la izquierda española actual; en resumen, cobardía manifiesta cuando se intentan hacer perdonar el no ser de izquierdas.
Y esa arrogancia y cobardía llevan a pensar que el PP parece no tener claro qué quiere hacer o si quiere hacer algo. Y eso, en unas elecciones significa la derrota. Porque la izquierda y los separatistas sí que tienen muy claro lo que quieren hacer. Otra cosa es que eso sea bueno para este país llamado España y al que puede que le quede menos de una generación de existencia si no hay un partido y un líder que quiera con convicción que permanezca en el futuro como una nación unida, libre, democrática y próspera.
