Viendo la prensa, uno se da cuenta de qué sociedad más enferma estamos creando: corrupción política, nacionalismos totalitarios, apatía ciudadana que se contrapone con brotes de violencia callejera, telebasura, etc. etc. Pero si hay algo preocupante es que hemos perdido totalmente el norte a la hora de educar a nuestros hijos, sea en casa, en la escuela o en la sociedad.
El filósofo José Antonio Marina (del que me declaro seguidor y lector), tanto en sus libros sobre educación como en su web (http://www.universidaddepadres.es/) reproduce una frase de la que he oído que es un proverbio africano: "Para educar a un niño, hace falta la tribu entera". No hay mayor verdad, pues todos somos responsables de la educación de los más pequeños. Sin embargo, nuestra tribu está muy enferma, como he dicho al principio.
No voy a entrar a criticar el pésimo sistema educativo español (me permito recomendarles otro autor, Javier Orrico, y su libro "La enseñanza destruida" ), ni el sistema nacionalista, o mejor, nazionalista, de ahogar la lengua española bajo la denominada "inmersión lingüística" en varias regiones, o el bodrio adoctrinador que es esa asignatura de educación para la ciudadanía...Hay centenares de artículos, libros, páginas web y blogs dedicadas a ello. Sólo les voy a reseñar dos noticias.
La primera es de hoy mismo. Resulta que ha desaparecido una niña de dieciséis años de un centro de "protección" de menores de la Junta de Andalucía. Estaba allí porque el padre, al encontrar marihuana entre sus pertenencias, decidió castigar a la chica (con un largo historial de conflictividad) sin salir de casa. Y en esta España tan indecentemente estúpida que hemos creado, la cosa acabó con el padre acusado poco menos que de secuestro, y suerte que tiene de estar en libertad con cargos, tras pasar un par de días en los calabozos. De la menor...nada se sabe, gracias a sus chapuceros protectores.
La segunda noticia procede de la no menos estúpida Gran Bretaña, que a todo hay a quien le gane a uno. Un niño de siete años (sólo siete, tomen nota), le dice a otro niño, negro (sí negro, y no pasa nada, otros somos blancos) "¿Eres de color porque vienes de África?", cosa que escuchó una neoinquisidora de la santa hermandad de lo políticamente correcto, en funciones de profesora, que fiel a su doctrina progre fue rápidamente a denunciar los hechos ante la dirección del centro, que llamó urgentemente a la madre del chaval (de siete años, insisto) para informarle de que había participado en un incidente racista. Y no sólo eso, querían obligar a la madre que firmara un documento reconociendo que el niño era un racista. Ni tan siquiera la defensa de la madre del niño de color, que negaba que si hijo se hubiera sentido ofendido en ningún momento, sirvió para nada ante la dirección del centro, que seguía con su política de tolerancia cero contra los racistas. Naturalmente, la madre del niño blanco (sí, blanco, no pasa nada) quiere cambiarlo de colegio.
Estos son sólo dos ejemplos de cómo la dictadura de lo políticamente correcto está pudriendo a la sociedad occidental, antaño vanguardia de libertades y derechos, tras haber pasado sus siglos de oscuridad e intolerancia...hasta volver a entrar en otro siniestro ciclo, si no le ponemos remedio. O nos pasamos marcando a un niño de por vida, simplemente por ser un niño, por tener curiosidad, o no llegamos, impidiendo castigo alguno a los jóvenes que se portan mal, llegando incluso a tratar con una babosa exquisitez a asesinos y violadores menores de dieciocho años gracias a esa Ley del Menor de la que se tendrían que avergonzar los políticos que la malparieron.
Y ni tanto ni tan calvo, como diría el castizo. Los niños, por ser niños, hacen travesuras, nos ponen en compromiso con preguntas impertinentes, pueden ser inquietos y molestos, rompen cosas...es decir están creciendo y aprendiendo a vivir en el mundo. Y por eso, hay que intentar entenderlos y dedicarnos a ellos. Y por eso, hay que corregirlos, hay que castigarlos cuando así sea necesario. Y sí, a veces es necesario castigarlos, de manera ponderada y de manera inmediata. Es difícil hacerle entender a un niño de tres o cuatro años que la electricidad produce daños o la muerte (y más difícil enseñarle qué es la electricidad y qué es la muerte) y un manotazo antes de que meta los dedos en un enchufe puede ser eficaz tanto para instruirle como para salvarle la vida.
No es ninguna tortura china ni tormento inquisitorial un tortazo a tiempo, un castigo sin postre o sin ver la televisión, o quitarle la paga o los videojuegos a un adolescente. No se trata de dar palizas, ni de dañar ni de humillar a nadie. Sólo de educar, con premios y castigos, a nuestros hijos. De hacerles personas responsables, libres dentro de la responsabilidad, de que no hagan daño a otros ni a sí mismos.
Pertenezco a una generación en que el guantazo, el capón y la colleja eran también medios de educarnos en casa y en la escuela, donde un maestro le podía dar un tirón de orejas a uno o hacerle poner de rodillas contra la pared. Y no pasaba nada, era lo normal, y mucha gente gracias a eso consiguió ser una persona cabal, decente, responsable y libre. No pasaba nada hasta que llegaron unos pedabobos que cuestionaban no sólo esos métodos, sino que se aprendieran las lecciones de memoria, o que se estudiara en casa para reforzar lo aprendido; hasta que alguien confundió educar en democracia con que en clase se hacía lo que dijera la mayoría de alumnos o de padres; hasta que cambió la figura del maestro por la del trabajador docente; hasta que D. Francisco, que era tratado de usted, cuyos alumnos se ponían en pie cuando entraba en el aula y era respetado por padres y sociedad en general, se convirtió en Paco, al que los chavales tutean y del que se chotean, al que los padres pueden insultar o agredir, y la sociedad desprecia con esa palabra convertida hoy en insulto: funcionario.
Y ahora, tenemos lo que merecemos, por nuestra propia estupidez. Y en el pecado, llevamos la penitencia.
