Ahora con la crisis, ponemos a
políticos y Administración Pública en general como ejemplos de incompetencia y
derroche, en muchos casos con razón, para nuestra desgracia. Pero no son los
únicos culpables de la actual situación, aunque son los que mejor nos vienen
como cabeza de turco.
Pero en el mundo de la empresa
privada, donde habitan esos santos modernos llamados emprendedores, no son todos
tan puros y tan castos como nos quieren vender. Uno les puede contar muchos
detalles de su mal hacer, padecidos en carne propia o en la de amigos y
familiares, pues no en vano me he tenido que ganar la vida trabajando a sueldo
de otros que no siempre han sido ejemplares creadores de riqueza.
Uno ha visto cómo directivos, aún
de cuarta fila, se han aprovechado bien de los gastos de empresa para comer en
restaurantes de lujo con cualquier excusa, dormir en hoteles de cuatro y cinco
estrellas (en los de tres alguno decía que no podía conciliar el sueño, y se
quedaba tan ancho), usar la visa con profusión hasta para comprar ropa, portar
móviles de última generación, sobre todo en la época en que todavía no se
habían popularizado y sus llamadas costaban un potosí, y desde luego, viajar
siempre en primera clase. Todo ello cuando los curritos teníamos que justificar
hasta el último céntimo del coste del menú del día (del que en contabilidad
excluían el café si se te ocurría incluirlo, con bronca añadida) o la rotura de
alguna prenda de trabajo que pudiera proporcionarte la firma para la que
trabajabas.
Desde luego que a la hora de
ajustar gastos, era la gente más joven y, a la vez, más preparada, con estudios
universitarios, la primera en ser despedida, mientras que auténticos inútiles
en puestos de mando, que a duras penas llegaban a tener el bachillerato,
seguían cobrando unas nóminas que uno ni soñaba. La razón era sencilla: la
indemnización que había que pagar a algunos de estos pájaros que
tiranizaban a los demás sin tener ni idea del trabajo eran varios años del
sueldo de uno de esos jóvenes con contrato temporal.
A esto podemos añadir las
actitudes despóticas de algunos jefes, los excesivos horarios, incluso con
convocatorias de reuniones a las nueve o diez de la noche para tratar cualquier
nimiedad, sueldos bajos, nepotismo (siempre hay un sobrino o un cuñado al que
ascender, sin tener que dar cuentas por ello), y demás malas acciones que, a la
larga, han hecho hundirse a más de una empresa.
Muchos dirán que no es lo mismo,
que en la Administración se usa el dinero de todos y en la empresa es el dueño
el que arriesga su capital. Pero no es del todo cierto, un mal empresario juega
con el futuro de muchas familias: las de sus empleados, proveedores e incluso
clientes. Tienen también una responsabilidad ante la sociedad.
Ahora se quiere convertir en
héroe al autónomo o al emprendedor (como se llama ahora al empresario, palabra
que parece que no es políticamente correcta) y en villano al
funcionario, al político o simplemente al asalariado. Y en todos los sitios cuecen
habas, hay buenos y malos profesionales, buena gente y gentuza, y si bien
es cierto que crear una empresa, más en España que en ningún sitio, puede
constituir un acto de valor que requiere admirable esfuerzo, no por ello es
menos válida la gente que ofrece lo mejor de sí a cambio de un sueldo, se pague
éste con dinero público o privado.
