lunes, 5 de marzo de 2012

En la empresa privada también cuecen habas





Ahora con la crisis, ponemos a políticos y Administración Pública en general como ejemplos de incompetencia y derroche, en muchos casos con razón, para nuestra desgracia. Pero no son los únicos culpables de la actual situación, aunque son los que mejor nos vienen como cabeza de turco.

Pero en el mundo de la empresa privada, donde habitan esos santos modernos llamados emprendedores, no son todos tan puros y tan castos como nos quieren vender. Uno les puede contar muchos detalles de su mal hacer, padecidos en carne propia o en la de amigos y familiares, pues no en vano me he tenido que ganar la vida trabajando a sueldo de otros que no siempre han sido ejemplares creadores de riqueza.

Uno ha visto cómo directivos, aún de cuarta fila, se han aprovechado bien de los gastos de empresa para comer en restaurantes de lujo con cualquier excusa, dormir en hoteles de cuatro y cinco estrellas (en los de tres alguno decía que no podía conciliar el sueño, y se quedaba tan ancho), usar la visa con profusión hasta para comprar ropa, portar móviles de última generación, sobre todo en la época en que todavía no se habían popularizado y sus llamadas costaban un potosí, y desde luego, viajar siempre en primera clase. Todo ello cuando los curritos teníamos que justificar hasta el último céntimo del coste del menú del día (del que en contabilidad excluían el café si se te ocurría incluirlo, con bronca añadida) o la rotura de alguna prenda de trabajo que pudiera proporcionarte la firma para la que trabajabas.

Desde luego que a la hora de ajustar gastos, era la gente más joven y, a la vez, más preparada, con estudios universitarios, la primera en ser despedida, mientras que auténticos inútiles en puestos de mando, que a duras penas llegaban a tener el bachillerato, seguían cobrando unas nóminas que uno ni soñaba. La razón era sencilla: la indemnización que había que pagar a algunos de estos pájaros que tiranizaban a los demás sin tener ni idea del trabajo eran varios años del sueldo de uno de esos jóvenes con contrato temporal.

A esto podemos añadir las actitudes despóticas de algunos jefes, los excesivos horarios, incluso con convocatorias de reuniones a las nueve o diez de la noche para tratar cualquier nimiedad, sueldos bajos, nepotismo (siempre hay un sobrino o un cuñado al que ascender, sin tener que dar cuentas por ello), y demás malas acciones que, a la larga, han hecho hundirse a más de una empresa.

Muchos dirán que no es lo mismo, que en la Administración se usa el dinero de todos y en la empresa es el dueño el que arriesga su capital. Pero no es del todo cierto, un mal empresario juega con el futuro de muchas familias: las de sus empleados, proveedores e incluso clientes. Tienen también una responsabilidad ante la sociedad.

Ahora se quiere convertir en héroe al autónomo o al emprendedor (como se llama ahora al empresario, palabra que parece que no es políticamente correcta) y en villano al funcionario, al político o simplemente al asalariado. Y en todos los sitios cuecen habas, hay buenos y malos profesionales, buena gente y gentuza, y si bien es cierto que crear una empresa, más en España que en ningún sitio, puede constituir un acto de valor que requiere admirable esfuerzo, no por ello es menos válida la gente que ofrece lo mejor de sí a cambio de un sueldo, se pague éste con dinero público o privado.