Llegaron las elecciones y acabó la dichosa campaña electoral, que no es cierto que dure sólo quince días sino llevamos años en ella, por lo que el hartazgo para el ciudadano de a pie es grande ya, y no sólo por este motivo: cada día tenemos noticias sobre políticos, no por la actividad que les es propia, sino por los escándalos que protagonizan y que desde hace demasiado tiempo ya no escandalizan, si me permiten la redundancia.
La corrupción ha podrido toda la estructura del Estado, desde el Gobierno de la Nación hasta el último de los ayuntamientos, ni siquiera la Corona está ya libre de sospecha (caso Undargarín): resultan habituales los políticos con comportamientos prepotentes y hasta mafiosos, empresarios que los sobornan, el robo delos caudales públicos más o menos encubiertos con entramados de empresas o de fundaciones cuya génesis no ha sido otra que la de desviar el dinero de nuestros impuestos, que no deja de ser sudor de nuestra frente, al bolsillo de sinvergüenzas con despacho enmoquetado, coche oficial de lujo y varios sueldazos compatibles porque sí.
De acuerdo, no son así todos los políticos, ni siquiera la mayoría. Afortunadamente, también hay gente que trabaja por el bien común con sinceridad y honradez, independientemente de las siglas.
Pero, ¿el "común de los mortales" sólo somos víctimas de pérfidos poderes ocultos? También debemos hacer examen de conciencia, porque les podemos echar todas las culpas a los políticos, pero no dejan de proceder de la misma sociedad, que les vota, les votamos. Es más, el ciudadano medio se toma la política con el forofismo del fútbol: se es del PSOE o del PP como se puede ser del Madrid o del Barça.
El español medio es dado a eso de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; criticamos con crueldad al que nos paga nuestra manutención (sea un empresario o un cliente), sabemos más de todo que cualquier especialista, nos atrevemos a poner faltas a ingenieros, médicos o profesores, sin saber nada de eso; por algo dicen que cada español lleva un seleccionador nacional de fútbol dentro.
La gente nos hemos convertido sólo en sujetos con derechos, pero no con obligaciones. Exigimos que nos subvencionen, que nos caiga el maná del cielo, que nos venga a salvar el mesías de turno. Somos fiscales terribles del trabajo de los demás, pero del nuestro ya no tanto. Nos fijamos en lo que tienen que hacer los demás pero no si nosotros estamos haciendo lo que debemos, y el españolito medio, seguidor de Belén Esteban y Gran Hermano, no lucha por derechos como la libertad para todos (en cualquiera de sus formas: de expresión, de circulación, de empresa...), sino que le encantan aquellos que suponen someter a otro, como bloquear una junta de comunidad de propietarios, parar una obra al vecino o pasar por la finca de un tercero.
Además, ¿quién no ha acudido a algún conocido para allanar un trámite administrativo? Todos buscamos ciertas ayudas, del alcalde o del bedel de un ayuntamiento, de un amigo que conoce a "alguien" de un banco o de un ministerio. Y lo peor es que se consiguen en demasiadas ocasiones de esta manera, que a veces es la única. Ya sabemos el refrán: "El que tiene padrinos, se bautiza".
Se está repitiendo aquello de que la crisis es fundamentalmente de valores de la sociedad, pero nosotros, cada uno de nosotros, somos parte de esa sociedad. Si queremos una regeneración de la clase política, debemos empezar por regenerarnos nosotros mismos. "Antes de arreglar el mundo, da tres vueltas por tu casa", dice el refrán oriental. Y no sólo se trata de producirnos en nuestras vidas con honradez y respeto a los demás, sino de no transigir con quienes se saltan la ética a la torera, de no callar ante lo que está mal, de no ser cómplices con quienes nos roban o vendiendo nuestro voto al mejor postor.
Pero esto no es fácil y conlleva su trabajo. ¿Estamos dispuestos a hacerlo? Yo no puedo tirar la primera piedra, no soy ni mejor ni peor que los demás. Sin embargo, hay que intentarlo. Por si acaso, empezaré dando tres vueltas por mi casa.
